El proceso de formación nacional en Cuba durante las dos primeras décadas del siglo XX y sus complejidades históricas.
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El proceso de formación nacional en Cuba durante las dos primeras décadas del siglo XX y sus complejidades históricas.

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El presente trabajo aborda el tema de la El proceso de formación nacional en Cuba durante las dos primeras décadas del siglo XX y sus complejidades históricas con una perspectiva historiográfica en el país. En el recurso del texto se analiza el proceso de formación nacional en Cuba durante las dos primeras décadas del siglo XX y su influencia en las esferas políticas, económicas y sociales de la provincia en esta etapa.

El 20 de mayo de 1902, nacía- aparentemente soberana e independiente- la República de Cuba. Su instauración fue antecedida por el período de ocupación militar (1899- 1902), resultante de la intervención de Estados Unidos en la última gesta emancipadora del pueblo cubano contra el colonialismo español. Durante ese período las autoridades ocupantes aprovecharon la precaria situación en que la guerra había dejado al país para sentar las bases económicas, políticas y jurídicas del modelo neo colonial de dominación impuesto a Cuba. A ello contribuyeron, en el orden  político, las hábiles maniobras divisionistas del gobierno de los Estados Unidos para lograr la desaparición de las instituciones representativas del pueblo cubano que aún existían:

La Asamblea de Representantes (también denominada Asamblea del Cerro), órgano que desde el 24 de octubre de 1898, en cumplimiento de lo estipulado en la Constitución de la Yaya, había sustituido al Consejo de Gobierno de la República en Armas y el Ejército Libertador, cuyo jefe era Máximo Gómez. Las discrepancias que habían existido entre el Consejo de Gobierno y el viejo general en los años finales de la guerra, fueron azuzadas a partir de los criterios divergentes de Gómez y la Asamblea en torno al modo de obtener los recursos necesarios para desmovilizar a las huestes mambisas.

 Actuando con astucia, la administración norteña condujo esas divergencias hacia una discordia irreconciliable, que alcanza su clímax cuando la Asamblea decide destituir a Gómez de su cargo, medida que la dejó indefensa ante el amplio y masivo respaldo de la población al Generalísimo, quien tampoco había sopesado las consecuencias de su acción discrepante sobre la Asamblea. Ésta no pudo sobrevivir y se vio obligada a disolverse el 4 de abril de 1899. De ese modo, desaparecían en los primeros meses de la ocupación militar norteamericana las entidades representativas fundamentales de nuestro pueblo y quedaba expedita la vía para imponer la dominación yanqui.

 El hecho de que el propio gobierno yanqui había presentado, ante la opinión pública de su país y del mundo, la intervención en la guerra de Cuba como un acto de ayuda humanitaria, además de reconocer, públicamente también, que Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente, y que no tenían deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre ella, excepto para su pacificación, afirmando que una vez conseguida ésta se dejaría el gobierno y dominio de la isla a su pueblo. .  La oposición interna de determinados intereses económicos y políticos norteamericanos, contrarios a la anexión de nuevos territorios a la Unión. La conjunción de estos factores condicionó la adopción de una variante de dominación menos cruda y directa, que no implicaría la anexión y que, en lugar de ésta, instauraría una administración formalmente cubana, pero sujeta a un mecanismo de control por parte de los Estados Unidos. Ese mecanismo fue, como se sabe, la Enmienda Platt, impuesta como apéndice a la Constitución de la naciente república, redactada por una Asamblea Constituyente que convocó el gobernador militar, Leonardo Wood, el 25 de julio de 1900. A esa Asamblea, que sesionó entre noviembre de 1900 y febrero de 1901, se le fijó también la tarea de proveer y acordar con el gobierno de los Estados Unidos las relaciones que habrían de existir entre ese país y la futura República de Cuba. Los términos de esas relaciones, en una carta del Secretario de la Guerra de Estados Unidos, Eliu Root, quedaron definitivamente fijados en el texto de la Enmienda Platt, aprobada por el Congreso norteamericano como un apéndice del proyecto de Ley sobre créditos para el ejército y sancionada por el Presidente Mc Kinley el 3 de marzo de 1901. A pesar de los esfuerzos realizados por los representantes de las fuerzas patrióticas en la Convención Constituyente para no incluir o modificar el contenido de la Enmienda Platt, ésta fue aceptada finalmente bajo presión (16 votos a favor y 11 en contra) y con la amenaza norteamericana de no salir de Cuba si ello no se hacía. La Enmienda Platt constituyó, sin dudas, el instrumento jurídico que aseguró la dominación política y económica del imperialismo norteamericano, el mecanismo que posibilitó la transformación de nuestro país de colonia española en neo colonia de Estados Unidos. No en balde el gobernador Leonardo Wood afirmó que con ella a Cuba se le había dejado poca o ninguna independencia.2

Posteriormente los Estados Unidos nos enseñaron como realizar elecciones fraudulentas y el 20 de Mayo de 1902 se instaura en nuestro país la república neo colonial, que tuvo como primer presidente a Don Tomás Estrada Palma.

Acto seguido los esfuerzos del imperialismo norteamericano se dirigieron hacia la consolidación de la dominación establecida, mediante la utilización de nuevos y variados mecanismos con ese fin. Así, por ejemplo, los tratados concertados bajo el gobierno de Tomás Estrada Palma contribuyeron a reforzar jurídicamente el status neo colonial impuesto. El más significativo de ellos fue el llamado Tratado de Reciprocidad Comercial de 1902, que propició el control monopólico de Estados Unidos sobre el mercado cubano y devino serio obstáculo para la diversificación de la agricultura y el desarrollo de la industria nacional. De igual modo, el Tratado Permanente, que reproducía el contenido de la Enmienda Platt y aseguraba su vigencia, y el Tratado de Arrendamiento para Estaciones Navales, que ponía en vigor el artículo VII de aquella, ambos firmados en 1903, reafirmaban el carácter ficticio de la soberanía e independencia nacionales. Otro mecanismo de dominación fueron los empréstitos otorgados a los gobiernos de turno, que se elevaron de 35 millones de dólares en 1904 a 52 millones en 1924. A través de ellos las entidades monopólicas yanquis se aseguraban fabulosas ganancias y la concesión de facilidades para sus operaciones en Cuba. Al mismo tiempo, constituían una garantía para el sometimiento de los gobernantes y contribuían a reforzar la dependencia económica, en tanto implicaban el endeudamiento externo de la república. No menos importantes fueron las inversiones directas de capitales norteamericanos, cuyo volumen se acrecienta significativamente a partir de 1911, sobre todo entre 1915 y 1925, década de acelerada penetración yanqui y desplazamiento de otros intereses imperialistas sobre Cuba. Si en 1906 los capitales invertidos ascendían a 160 millones de dólares, en 1911 ya alcanzaban la cifra de 205 millones, cantidad que se elevó a 215 millones en 1914 y a 1360 millones en 1924- 1925. Esas inversiones, fuentes de enormes ganancias para los monopolios, propiciaban el control de éstos sobre sectores claves de la economía nacional. Ejemplo ilustrativo lo constituye la expansión azucarera durante las primeras décadas del siglo XX, que puso en manos de compañías norteamericanas el 53,5 % de la producción correspondiente a la zafra 1920- 1921. Los mecanismos expuestos apuntaban hacia el reforzamiento de la dominación neo colonial, en el contexto de la cual se desarrollaron las relaciones capitalistas de producción, pero en condiciones de subordinación y dependencia, lo que si bien condujo a un crecimiento de las fuerzas productivas, significó también la acentuación de la deformación estructural de la economía cubana y la profundización del subdesarrollo. Al gobierno que inauguró la República neo colonial, presidido por  Estrada Palma (1902- 1906), le sucedió el segundo gobierno de ocupación, encabezado por Charles E. Magoon, instaurado con la segunda intervención militar norteamericana, solicitada por aquel cuando su reelección presidencial originó el alzamiento liberal conocido como la Guerrita de Agosto en 1906. La administración de Magoon octubre/1906- enero/1909) entronizó males como la botella, el fraude electoral, el robo a manos llenas de  los fondos públicos y otros que tipificaron la vida política republicana. En los años siguientes se sucedieron en el poder los gobiernos presididos por el Mayor General José Miguel Gómez (1909- 1913), el General Mario García Menocal (1913- 1921) y el Dr. Alfredo Zayas (1921- 1925), que dio paso al mandato del General Gerardo Machado y Morales, cuyo gobierno devino una de las más sangrientas dictaduras sufridas por el pueblo cubano. (1925- 1933). El acceso e estos gobiernos a la dirección del país era resultado de las contiendas electorales protagonizadas por los partidos que se disputaban las principales posiciones en los diferentes niveles de la vida política nacional, cuyos exponentes más representativos en estas décadas fueron el Partido Liberal y el Partido Conservador, con diferencias en los matices y normas, pero no en lo esencial de sus proyecciones y de su actuación como organizaciones políticas.3

 Los años iniciales de la República fueron escenario también de las primeras acciones protagonizadas por la clase obrera, asociadas principalmente a la lucha por demandas económicas. Así, los años 1902 (con la Huelga de los Aprendices), 1907 (Huelga de la Moneda), 1911 (Huelga del Alcantarillado de La Habana) y 1912 (Movimiento huelguístico de los trabajadores agrícolas y azucareros de la región de Manzanillo) fueron testigos de acciones de este tipo, indicativas del enfrentamiento a las consecuencias de la explotación capitalista que padecían. Esas acciones recibieron, como regla, la respuesta represiva de los gobiernos de turno. Pero el movimiento obrero daba todavía pasos inseguros. Era débil aún, tanto desde el punto de vista organizativo como en el orden ideológico. Predominaban en su seno el reformismo y el anarquismo, corrientes que, no obstante sus diferencias, se caracterizaban por el economicismo y el apoliticismo en el enfoque de los intereses de clase. La tendencia socialista, muy incipiente, había comenzado a manifestarse con los esfuerzos de Diego Vicente Tejera, intelectual revolucionario, que desde una posición antiimperialista integró en una unidad lo social y lo nacional, al considerar con gran acierto que la solución de los problemas sociales dependía de la acción política del obrero en una república verdaderamente libre e independiente. De ahí sus esfuerzos por dotar al proletariado de un partido propio, expresados en la fundación del Partido Socialista Cubano en 1899 y del Partido Popular Cubano en 1900, ambos de efímera existencia.

 Una mayor connotación tuvo, por su envergadura, la lucha contra la discriminación racial, cada vez más ostensible en la realidad político- social de las primeras décadas republicanas. Expresión principal de esa lucha fue el Movimiento de los Independientes de Color, aplastado salvajemente por el gobierno de José Miguel Gómez, que utilizó las recién estrenadas fuerzas armadas nacionales para asesinar a más de tres mil negros y mulatos, verdadera carnicería humana que constituyó uno de los episodios más sangrientos de aquellos años.

 Hechos como los expuestos reflejaban las contradicciones que afloraban en la sociedad neo colonial. Sin embargo, las dos primeras décadas de aquella república transcurren sin que se hiciera perceptible la necesidad de un cambio revolucionario para lograr lo que en la práctica le había sido escamoteado a Cuba. No es hasta los años iniciales de la década del 20 en que comienza a manifestarse con determinada fuerza en el seno de la sociedad cubana un proceso de concientización sobre la necesidad de enfrentar activamente y dar solución a los males de la República instaurada en 1902. Protagonistas principales de ese proceso- al que algunos autores denominaron el despertar de la conciencia nacional ,fueron los elementos más esclarecidos de la pequeña burguesía urbana, la intelectualidad, el estudiantado y la clase obrera, cuya conciencia evolucionó progresivamente hacia posiciones nítidamente antiimperialistas, en la medida que fueron pasando de la identificación de los males existentes en el país con la corrupción político- administrativa que entonces prevalecía, a la comprensión de que la causa fundamental de esos males estaba en la dominación imperialista que padecía nuestro pueblo.

 El proceso referido no se desarrolló por generación espontánea. Estuvo asociado, en primer lugar, a la incidencia de un conjunto de factores internos, entre los cuales sobresalió por su importancia el agravamiento de la situación económica y social del país, derivado de las consecuencias de la crisis económica de 1920- 1921. Esa crisis constituyó un ejemplo fehaciente de lo que significaba depender de una variable económica fundamental como fuente primaria de los ingresos que Cuba obtenía para su desarrollo.

 Refiriéndose a la significación de esta crisis, el Dr. Carlos Rafael Rodríguez expresó: La crisis azucarera de 1920, y su secuela de ruina, golpeó de pronto sobre diversos sectores sociales, permitiéndoles tomar conciencia de la situación que les había correspondido en la sociedad que surgía con la República. Ricos cultivadores de caña pasaron en pocas horas de una efímera opulencia a la condición de campesinos endeudados y forzados a vender sus colonias a las compañías extranjeras. Decenas de miles de colonos medios quedaron en la pobreza. La situación del proletariado agrícola se hizo aún peor. En las ciudades, miles de comerciantes y artesanos fueron arrastrados por la repercusión de la quiebra de los bancos cubanos y españoles a su propia bancarrota. Por supuesto, las masas trabajadoras y los sectores más humildes del pueblo fueron los más afectados por aquella situación. Si la Danza de los Millones no había significado un mejoramiento de sus condiciones de vida, los efectos de la crisis se tradujeron en un agravamiento de los males que padecían en la sociedad neo colonial.4

A la negativa incidencia de la crisis en los años iniciales de la década del 20, se sumarían factores como la incapacidad, la corrupción y el entreguismo de los gobiernos de turno, expresados en la gestión del Presidente Mario García Menocal y de su sucesor Alfredo Zayas, lo que junto a la creciente injerencia imperialista en la vida nacional, evidenciaba la frustración del ideal de república que había concebido José Martí para el pueblo cubano. Los factores señalados influyeron decisivamente en el proceso de desarrollo de una nueva conciencia nacional, patriótica y antiimperialista. Pero a ese proceso contribuyeron también factores externos, referidos a importantes hechos y acontecimientos del ámbito internacional. Tales fueron, por ejemplo, la Revolución Mejicana de 1910- 1917, cuyas proyecciones agrarias y antiimperialistas repercutieron en toda Latinoamérica, el Movimiento Estudiantil pro Reforma Universitaria, que iniciado en Argentina (1918) se extendió a otros países de la región e influyó notablemente en la concientización del estudiantado latinoamericano y la Gran Revolución Socialista de Octubre (1917),, acontecimiento trascendental en la historia de la humanidad que se hizo sentir con su ejemplo e influencia en todo el mundo.

Al calor de esa influencia ganaría en amplitud y extensión la difusión de las ideas marxistas, con las que se identificaron no sólo destacados líderes obreros como Carlos Baliño, Alejandro Barreiro, José Peña Vilaboa y otros, sino también figuras procedentes de la intelectualidad y la pequeña burguesía urbana.

La conjugación de estos factores internos y externos se reveló en las luchas políticas y sociales de los primeros años de la década del 20, protagonizadas por diversas fuerzas y sectores de la sociedad cubana. Las manifestaciones más significativas de esas luchas fueron, entre otras, el Movimiento Estudiantil por la Reforma Universitaria, inspirado y liderado por Julio Antonio Mella, fundador de la FEU en diciembre de 1922, organización creada precisamente para vertebrar y conducir ese Movimiento; la Protesta de los Trece, la creación, en abril de 1923, de la Falange de Acción Cubana como intento orgánico de lanzar a núcleos intelectuales a la lucha política; la fundación, en el propio año 1923, del Grupo Minorista, integrado por intelectuales de avanzada, de tendencia nacional- revolucionaria y antiimperialista; la celebración del Primer Congreso Nacional de Mujeres (1ro al 7 de abril de 1923,el desarrollo del Primer Congreso Nacional Revolucionario de Estudiantes (15 al 25 de octubre de 1923), en el que bajo la conducción de Julio Antonio Mella, predominaron las posiciones antiimperialistas, la fundación, como acuerdo del Congreso, de la Universidad Popular José Martí el 3 de noviembre de 1923; el Movimiento de Veteranos y Patriotas (agosto/1923marzo/ 1924,: la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), constituida en el III Congreso Obrero Nacional, celebrado en Camagüey del 2 al 7 de agosto de 1925, y a la fundación- pocos días después (16 y 17 de agosto/ 1925) del Primer Partido Comunista de Cuba, como resultado del congreso de las agrupaciones comunistas que entonces existían. Con independencia de sus matices y diferencias, estos hechos expresaban la respuesta de diferentes sectores de la sociedad neo colonial a la grave situación que padecía el país en los inicios de la década del 20. Evidenciaban asimismo la crisis que ya comenzaba a manifestarse en el modelo de dominación impuesto a Cuba por el imperialismo norteamericano.

El gobierno dictatorial del General Gerardo Machado y Morales, sucesor del Presidente Zayas en 1925, sería el instrumento escogido por el imperialismo y la oligarquía dominante para enfrentar y tratar de dar solución a esa crisis. A ello se encaminaría su política económica, cuyos componentes básicos fueron la restricción azucarera, el plan de obras públicas; y la tímida reforma arancelaria de 1927, así como la política represiva que aplicó desde los inicios de su mandato contra el movimiento obrero y popular, que generó un rechazo creciente a su gestión, acentuado a partir de las maniobras políticas que condujeron a la aprobación de la llamada prórroga de poderes.

El establecimiento de un Estado-Nación cubano pleno en mayo de 1902 resultó un verdadero fracaso, pues la nueva República –mediante la Enmienda Platt y otros mecanismos impuestos por los Estados Unidos –quedó prácticamente sin soberanía. Durante los primeros años de vida “independiente”, la subordinación de las administraciones cubanas a los dictados de Washington alcanzó niveles insospechados, mientras la amenaza de una posible intervención yanqui atemorizaba a la población de la Isla.

No en vano se plantea que el estudio del siglo XX cubano “es clave para entender cómo se fusionan los ideales de independencia nacional y soberanía con los de la revolución social, para revelar el carácter histórico de la actitud y acciones de los círculos de poder de los Estados Unidos para lograr el control económico y político de Cuba; para comprender la continuidad de la revolución y el significado de la unidad o la falta de ella en los destinos de la lucha revolucionaria”.[1]

La propia prensa estadounidense, a través del diario socialista Daily People, reconocía la situación de dependencia de la Mayor de las Antillas respecto a Estados Unidos: “La partida de los norteamericanos (de Cuba) no puso término a su control. Se acostumbra a referirse a Cuba como una república libre e independiente, pero en realidad no lo es… Cuba está atada a Estados Unidos y depende de éste”.[2]

El sometimiento socioeconómico y político de Cuba a los intereses estadounidenses durante la etapa se acrecentó a través de la concertación de empréstitos, el aumento de las inversiones norteamericanas en la Isla, y la firma de varios tratados “bilaterales”. Una vez en el poder, el presidente cubano Tomás Estrada Palma solicitó un empréstito de 35 millones de dólares a un grupo financiero yanqui y abogó por la firma de un tratado de reciprocidad comercial con Estados Unidos.  Este acuerdo brindaría, supuestamente, a los productos cubanos facilidades arancelarias para su entrada en el mercado estadounidense y, por ende, engordaría los bolsillos de cierto sector de la burguesía nacional (en especial del sector azucarero). Incluso, muchos patriotas pensaron que si el mismo no se aprobaba, la República se vendría abajo.

Después de algunos escarceos sobre la ratificación del documento entre ambos gobiernos y parlamentos, se concretó la rúbrica del Tratado de Reciprocidad Comercial (TRC) entre Cuba y los Estados Unidos. Pero, las denuncias acerca del engaño que constituía este pacto no se hicieron esperar y un grupo de patriotas encabezado por Manuel Sanguily expresaron su rechazo, pues atentaba contra la soberanía del país: “Los Estados Unidos, en cuanto a las circunstancias actuales lo consienten, se han subrogado a nuestra antigua metrópoli española; han reducido nuestra condición general, bajo el aspecto de la hacienda y el comercio, a aquellas mismas relaciones sustanciales en que se encontraba Cuba respecto a España, cuando España dominaba en Cuba; han convertido, por tanto, nuestra nación en una colonia mercantil y a Estados Unidos en su metrópoli”[3]

El TRC establecía que los productos provenientes del Vecino del Norte gozarían de rebajas arancelarias de un 20% a un 40%, mientras que los productos cubanos entrarían a Estados Unidos con una rebaja del 20%. De esta manera, la pequeña empresa cubana recibió un duro golpe, pues no se encontraba en condiciones de competir con la avalancha de mercancías made in USA. Asimismo, el TRC estimuló la monoproducción, pues las preferencias concedidas por Washington se concentraron en el azúcar y ello contribuyó al acrecentamiento del peso ya alcanzado por el sector azucarero dentro de la producción nacional. Además permitió a Estados Unidos el control del mercado cubano.  

En una ocasión, el propio Martí aclaró que “quien dice unión económica dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad”.[4] Y, como si no bastase con esta dependencia, se concertaba un Tratado Permanente de Relaciones, previsto en el Artículo VIII de la Enmienda Platt, que legitimaba los primeros siete artículos de la misma, legitimándolos en caso de que se derogara alguna vez la Constitución maniatada.

También se presionó la firma de un convenio sobre la instalación por arrendamiento de estaciones carboneras y navales, con lo que Estados Unidos ocupó una zona de territorio nacional en Guantánamo y otra en Bahía Honda. Adicionalmente, trataron de apoderarse, a través de argucias y maniobras legales, de la Isla de Pinos, pero la resistencia de sus habitantes y el reclamo del pueblo del resto del país impidieron, a la larga, que se llevara a cabo este abominable plan.

En ese contexto, las manifestaciones de patriotismo intentaban defender la soberanía del Estado Nacional cubano, a pesar de la situación neo colonial impuesta por Washington. A decir de Raúl M. Lombana, “es ese mismo patriotismo el que logrará afrontar el reto de la imperfección del Estado-Nación formado (si es que así se le pudiera llamar) con el dominio económico y la supervisión política de Estados Unidos desde 1898 hasta 1959. La solución del problema nacional a partir de la segunda mitad del siglo y la defensa de la soberanía de Cuba hasta nuestros días se sigue sustentando en el patriotismo y no en el nacionalismo, o al menos no en el modelo de nacionalismo que se predica a partir de su segunda modulación histórica”.[5]

La frustración del modelo de Estado-Nación pleno e íntegro, tras las imposiciones estadounidenses y las contradicciones clasistas, influyó en la conformación de fuerzas políticas carentes de una estructura ideológica definida respecto a la nación e incapaces de resolver el problema nacional. De esa manera, surgieron un sinnúmero de partidos identificados con las corrientes liberales o conservadoras. Después de un proceso de fusiones, acuerdos y desacuerdos, emergieron dos agrupaciones compactas: el Partido Liberal y el Partido Moderado, de tendencia conservadora (antecesor directo del Partido Conservador).

En esos primeros años, “los liberales alcanzaron un mayor arraigo popular porque, entre otros factores, sus dirigentes –fundamentalmente jefes militares de las pasadas contiendas, que al cabo de cierto tiempo se convertirían en caudillos o caciques regionales hablaban un lenguaje más llano, engañoso y demagógico, pero muy comprensible para la inmensa mayoría de la población”.[6] De ahí que determinados grupos liberales se erigieran como defensores del pueblo cubano y cuestionaran (en ocasiones con términos agresivos y desafiantes) las intromisiones estadounidenses en los asuntos internos del país. Asimismo, en sus discursos y periódicos defendían las tradiciones y rasgos característicos del cubano ante la invasión cultural norteamericana.

Entretanto, el Partido Moderado (Conservador) reunió a un número considerable de individuos que, por principio, se oponían a la realización plena de la República. En las filas de esa organización política militaron ex autonomistas, simpatizantes de la anexión a Estados Unidos, representantes de alta burguesía nacional y, en menor grado, ciertos patriotas confundidos o manipulados. Miembros renombrados del conservadurismo practicaron una política excluyente y discriminatoria respecto al sufragio universal.[7]

Esta posición retrógrada y elitista, por algunos personajes célebres de la época, como Rafael Montoro, marginaba de la construcción de la nueva República a los sectores populares menos favorecidos. Sin embargo, aunque el sufragio universal (reclamo de los liberales) se impuso y se extendió como práctica en la vida política del país, las clases sociales constitutivas del pueblo-nación no pudieron expresar, de manera autónoma e independiente, sus intereses de clase debido a la articulación de relaciones de caciquismo en el campo y clientela existentes en las ciudades y poblados.[8]

La deformación de la estructura política republicana y el nacimiento de una clase de funcionarios públicos que superponían sus intereses particulares a los intereses de la nación obstaculizaron, en cierta medida y como factores internos, el surgimiento de una conciencia nacional durante las dos primeras décadas de “gobierno independiente”. Sin embargo, el alzamiento liberal de agosto de 1906 puso en entredicho la solidez de las instituciones republicanas y la fragilidad de los programas partidistas en relación con el Problema Nacional. La lucha por el poder político, mediante las armas y las ambiciones personales colocaron a la joven República a las puertas de una intervención militar norteamericana.

La falta de compromiso de Tomás Estrada Palma y parte del ejecutivo ante la deuda nacional quedó clara con la ayuda solicitada a los Estados Unidos para que solucionara el conflicto. Tras la renuncia estradista y el vacío de poder, asumió el mando de la Isla, como Gobernador Provisional, William Taft, quien, a su vez, era el secretario de la Guerra de la administración de Roosevelt. Ello dejaba claro que el Estado-Nación no era capaz de regular su mecanismo electoral y gubernativo sin la intervención de la potencia imperialista.[9]

El renacimiento de los postulados anexionistas entre un número no despreciable de individuos que conformaban las clases altas y medias de la burguesía nativa durante la segunda ocupación estadounidense, constituyó un peligro permanente en los esfuerzos por restituir a la República. Taft, al hacerse cargo del gobierno provisional, aseguró que el Estado cubano se mantenía vigente como si no estuviera sujeto a una ocupación militar, en tanto ratificó la Constitución ante las autoridades locales y el servicio diplomático. Pero luego Charles E. Magoon, sucesor de Taft al frente de la Isla, insistió en la elaboración de leyes complementarias a las Carta Magna cubana, capaces de regular toda la actividad del Estado. Sin ellas -pensaba Roosevelt- “era imposible estructurar una república estable sobre cimientos sólidos”.[10

El reajuste jurídico del Estado cubano se realizaría, entonces, a propuesta y bajo supervisión estadounidense. Para esa misión, fueron convocados representantes de las distintas tendencias políticas existentes en el país, quienes mantenían relaciones estrechas con grupos económicos e ideológicos influyentes. Mientras, el gobierno norteamericano colocó como presidente de esa comisión (conocida como Consultiva) al coronel yanqui Enoch H. Crowder. Entre los aportes de dicha Comisión estuvo una Ley Electoral más específica para el funcionamiento de lo estipulado en la Constitución, reestructurando el funcionamiento del Poder Ejecutivo y otorgando mayor independencia al Poder Judicial, además de instaurar nuevas estructuras municipales y provinciales. De esa manera se estableció, “a la americana”, una organización moderna del aparato republicano.

En este periodo, la resistencia del pueblo-nación cubano ante la penetración económica, cultural e ideológica estadounidense y los brotes anexionistas mantuvieron vivo el proyecto de Estado-Nación genuino. El propio gobernador Magoon reconoció que “una gran mayoría de los cubanos abriga el temor de que los Estados Unidos desean y piensan anexarse la isla”, y agregó que tampoco estaban dispuestos a “abdicar su independencia y soberanía”.[11]

Entretanto, los liberales y los conservadores trazaron estrategias con vista a ganar las elecciones presidenciales y legislativas, a pesar de la inexistencia de programas definidos respecto a la construcción y mantenimiento de la República devuelta. Esta carencia de principios básicos en los partidos políticos cubanos no pasó inadvertida para Magoon, quien afirmó que “los lazos de los partidos no ligan mucho a los individuos en Cuba”, porque “pocas son las bases, si es que hay alguna, que impliquen puntos esenciales de la política”.[12] En efecto, los informes de la inteligencia militar estadounidense mostraban que la inmensa mayoría del pueblo cubano deseaba fervientemente el retiro de las tropas yanquis y del gobierno de ocupación. Esta postura no resultaba conveniente para los intereses de Washington, pues en cualquier momento podía ocurrir una sublevación armada.[13

Como demostración de lo anterior, la ascensión de José Miguel Gómez a la presidencia del país, en enero de 1909, y la partida de las fuerzas militares norteamericanas provocaron manifestaciones de júbilo entre aquellos que soñaban con una República plena. Gómez gozaba de las simpatías de un importante sector del campesinado, y para muchos era la encarnación viva del cubano de a pie. Además, poseía una extensa hoja de servicios en las Guerras de Independencia, y en determinadas ocasiones había cuestionado las pretensiones estadounidenses sobre Cuba.[14]

Pero, durante los cuatro años que estuvo José Miguel Gómez al mando de los destinos del país, favoreció a los inversores británicos (incluso por encima de los norteamericanos), legalizó las peleas de gallos y otros vicios, propició el fraude, y reprimió con fuerza las manifestaciones obreras. Los sectores sociales menos favorecidos reclamaron una mayor representación en las diferentes instancias gubernamentales, pues se mantenía la marginación y discriminación supuestamente abolidas en el Artículo 11 de la Constitución de 1901.

Entre los grupos que exigían ser representados en los órganos de poder, resaltaba el de los negros y mulatos. El racismo en Cuba era un asunto histórico, y su erradicación resultaba casi imposible, a pesar de los esfuerzos y las leyes para otorgar iguales derechos a todos los ciudadanos. La idea martiana de que hombre es “más que blanco, más que mulato, más que negro” no se materializó con la República, sino que se agudizaron las contradicciones raciales, incluso entre los propios afrocubanos.[15]

Los dos principales partidos de entonces, el Liberal y el Conservador, intensificaron la competencia por el “voto de color”, y cualquier iniciativa independiente de los grupos afrocubanos fue vista como un atentado al ideal de República unitaria e inclusiva. Entre los sectores afrocubanos existían discrepancias en torno a cómo alcanzar una mayor representación en el Congreso. La tesis de un partido basado en principios raciales constituía una amenaza para el status quo, y solo era compartida por una exigua minoría.

El surgimiento de la Agrupación Independiente de Color, bajo el mando de Evaristo Estenoz, se produjo en agosto de 1908, tras el fracaso de numerosos candidatos negros y mulatos en las elecciones municipales y provinciales efectuadas unos días antes. Pronto cambiaría su nombre por el de Partido Independiente de Color (PIC), intentando una mayor representación en el gobierno. Los dirigentes del Partido Liberal temieron una “fuga” de electores negros hacia la nueva formación política, e inmediatamente desataron una campaña contra sus líderes y partidarios. Puede que el PIC, en sí mismo, no representara “un desafío serio a los Liberales, pero en alianza con el Partido Conservador podía amenazar seriamente el control Liberal sobre el electorado negro”.[16]

Pronto la Enmienda Morúa (por su gestor, Martín Morúa Delgado, congresista negro del Partido Liberal) prohibió la existencia de partidos políticos compuestos por individuos de una sola raza y color y, por tanto, el PIC quedó ilegalizado. El alzamiento de los Independientes de Color en 1912 y la oposición al mismo por casi todos los sectores sociales del país, incluyendo a reconocidas personalidades afrocubanas, evidenció las profundas contradicciones socio-clasistas presentes en la sociedad cubana de comienzos del siglo XX. La República no resolvió esas contradicciones, por el contrario, las agudizó, lo cual incrementaba el peso de una de las asignaturas pendientes del Problema Nacional antes de 1898: las luchas raciales, vigentes dentro de un crisol mucho más amplio de contradicciones socioclasistas. 

Pero no solo en lo social pesó la cuestión de la raza: Durante la administración de José Miguel Gómez se mantuvieron las amenazas de una intervención armada por parte de los Estados Unidos ante la revuelta del PIC (1912) y la demora del gobierno para controlar la situación, que intranquilizaron a las autoridades estadounidenses y a los miembros del Partido Conservador.[17] Según Julio Le Riverand, en el período presidencial de Gómez “el intervencionismo está normado por el deseo de que los Estados Unidos aparezcan como los salvaguardas del patrimonio y de los intereses nacionales cubanos frente a los gobernantes sin principios”.[18]

Luego, el triunfo de Mario García Menocal en los comicios presidenciales de 1912 serenó a los representantes de los intereses yanquis en Cuba, pues el nuevo mandatario mantenía estrechos lazos con sectores económicos influyentes estadounidenses y poseía una formación basada en los valores fundacionales de la nación norteamericana. Esos nexos económicos e ideológicos significaron un atentado contra el proyecto de Estado-Nación cubano desde el momento en que asumió una postura –en palabras y hechos– de incondicionalidad respecto a los dictados imperiales. A partir de aquí, los dos períodos presidenciales de Menocal “se caracterizaron por una armoniosa conjunción de los lineamientos, pautas, recomendaciones y sugerencias trasmitidas por el gobierno de los Estados Unidos al de Cuba con los intereses de las empresas norteamericanas en la isla”.[19]

El comienzo de la I Guerra Mundial en Europa y el alza de los precios del azúcar en el mercado internacional incrementaron el número de inversionistas yanquis en Cuba. Entretanto, las corporaciones estadounidenses lograron controlar las exportaciones del azúcar cubano y estimularon el surgimiento de modernos centrales en las distintas regiones del país. La creciente demanda del crudo enriqueció a importantes sectores de la burguesía doméstica (principalmente a empresarios vinculados con la producción y comercialización azucarera), al tiempo que deformó la estructura de esa misma burguesía, pues muchos productores de mercancías variadas se reorientaron hacia la producción azucarera.

Para garantizar una mano de obra necesaria y barata en los centrales, los capitalistas nativos y extranjeros introdujeron, de manera temporal, a miles de braceros antillanos, medida que fue criticada por periódicos radicales de tendencia liberal.  En el período de 1914-1925, las inversiones norteamericanas aumentaron cinco seis veces, “dominando las tres cuartas partes de la producción azucarera y adquiriendo un control casi absoluto en la minería, servicios públicos, deuda externa y otros, mientras el capital británico se batía en retirada, y el doméstico, luego de efímero auge, tendía a concentrarse en virtud de dramáticos procesos de enajenación y ruina”.[20] En efecto, el control del mercado cubano por parte de los Estados Unidos, el desarrollo de prácticas monoproductoras, el incremento de las inversiones yanquis y la presencia de una burguesía nacional desfigurada y sumisa  a intereses foráneos, acentúo, durante la administración de Menocal, los rasgos neo coloniales de la República.  

Un suceso que puso en peligro, una vez más, la supuesta independencia del país fue el levantamiento liberal de febrero de 1917.[21] La cuestionada victoria de Menocal en las elecciones presidenciales de 1916 y los métodos represivos que utilizó contra sus opositores contribuyeron a que un importante grupo del Partido Liberal se lanzara a las armas reclamando unos sufragios justos. El caudillo y ex mandatario José Miguel Gómez encabezó (apoyado por oficiales del Ejército) la sublevación, quizás con la esperanza de que Estados Unidos interviniera en el conflicto y ordenara una nueva revisión de los votos. Pero las autoridades norteamericanas valoraban más la mano dura de Menocal en un contexto de Guerra Mundial, “donde no entraban devaneos politiqueros ni se podía permitir la inestabilidad en su florido traspatio”.[22]

La desaprobación de la insurrección por parte del Departamento de Estado y el envío de tropas yanquis a la Isla, junto al esfuerzo de los militares leales a la administración conservadora, determinaron el fracaso de la rebelión liberal.[23] De esa manera, los partidos políticos, defendiendo sus intereses particulares y favoreciendo la intromisión extranjera, atentaron contra el proyecto de Estado-Nación cubano, acentuando (y, de hecho, desentendiéndose) del Problema Nacional. Téngase en cuenta que no en vano ser patriota, para muchos en esta etapa, era ser consecuente con los principios de un partido determinado, aunque estos mismos principios no coincidieran con los postulados básicos de la nación cubana. 

Al término de la gestión presidencial de Mario García Menocal y ante la bonanza económica derivada de los altos precios del azúcar, la burguesía antinacional aprovechó para dar rienda suelta a la especulación y la buena vida.[24] Sin embargo, los precios del azúcar cayeron intempestivamente en cuestión de semanas, y un grupo considerable de capitalistas y empresas cubanas se declararon en quiebra. Las instituciones financieras nacionales, incapaces de hacer frente a la crisis, quedaron a merced del capital estadounidense, que se apoderó de importantes consorcios hispano-cubanos asentados aún en la Isla.[25]

La crisis deflacionaria de 1920-1921 puso de manifiesto, una vez más, la deformación y nivel de dependencia de la economía cubana. En ese contexto y tras un proceso electoral cuestionado por los liberales, Alfredo Zayas y Alfonso (candidato del Partido Popular Cubano) asumió la presidencia del país y dio continuidad a la política de entreguismo de su antecesor desde el mismo momento en que fue investido, recibiendo instrucciones precisas de un enviado estadounidense con poderes ilimitados en relación a Cuba: otra vez Enoch H. Crowder, quien intervino en la redacción del Código Electoral de 1919 junto a representantes y senadores cubanos, dedicándose, en lo adelante, a administrar los asuntos internos de la Isla.

Según Francisca López Civeira, “el pueblo tenía como los principales causantes de su amarga existencia al deterioro de las instituciones, la corrupción y la injerencia extranjera. Fue la combinación de los elementos políticos en su mayoría lo que desencadenó el despertar de la conciencia nacional”.[26] Efectivamente, el experimento republicano que comenzó en 1902 significó un verdadero fracaso, pues el proyecto de un Estado-Nación cubano pleno no se concretó y, por el contrario, se entronizó una República sin soberanía en casi todos los aspectos. 

 Pero la propia frustración republicana puso en primer plano el problema social, llevando “el problema de la soberanía a los sectores más populares, fortaleció el proceso de formación nacional, pese a que la sociedad civil seguía actuando como un elemento que dificultaba el proceso de integración”.[27] Después de veinte años de frustraciones y sometimientos, el pueblo-nación cubano retomaría otra vez el largo camino de luchas para establecer una República verdadera. El preámbulo republicano demostró, a las claras, que Cuba era una colonia de nuevo tipo para los Estados Unidos, y que la independencia por la que combatieron los mambises aún no se había alcanzado, creando todas las condiciones, más bien, para la agudización extrema del problema Nacional.



Referencias y notas

[1]Civeira López, Francisca: Cuba entre 1899 y 1959. Seis décadas de historia. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2008, p. I.

[2]Foner, Philip S.: La guerra hispano–cubano–norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanki tomo II. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, p. 355

[3] Pichardo, Hortensia: Documentos para la Historia de Cuba tomo II. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, p. 225

[4]Martí, José: Obras Completas, Tomo VI. Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1965, pp. 159-160

[5]Lombana, Raúl M: La polémica teórica sobre el nacionalismo y el caso Cubano. Editorial Feijóo, UCLV, Santa Clara, 2002, p 47

[6]Yglesia Martínez, Teresita: Organización de la república neo colonial, en Historia de Cuba. La neo colonia. Organización y crisis. Desde 1899 hasta 1940. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2002, p. 56

[7] El reconocido intelectual Enrique José Varona (alguna vez presidente del Partido Conservador) preguntó en una ocasión “si el pueblo cubano, compuesto de elementos absolutamente heterogéneos, podía de repente ejercer sus derechos electorales para proporcionar un gobierno adecuado a la república. Desde su punto de vista, el sufragio no era un «derecho», sino una «responsabilidad» que debía ser ejercida solamente por aquellos que tenían «las condiciones morales e intelectuales» requeridas. De la Fuente, Alejandro: Una nación para todos. Raza, desigualdad y política en Cuba. 1900-2000. Editorial Colibrí, Madrid, 2000, p. 95

[8] Ver, al respecto, Ibarra Cuesta, Jorge: Patria, etnia y nación. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, p. 168 

[9] Las autoridades norteamericanas y los sectores más conservadores de la política nacional predicaron, en ese entonces, la tesis de que los cubanos no estaban preparados para gobernarse a sí mismos, y que desconocían los principios de la vida en democracia. Según Julio Le Riverend, “no es un azar que en esos días y, después, hasta 1909, se agitara la consigna de que Cuba necesitaba el régimen de «protectorado», a fin de que en ella hubiera justicia, paz y buen gobierno”. Ver, del autor citado, La República. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973, p. 86

[10]Yglesia Martínez, Teresita. Ob cit, p. 81

[11] Pichardo, Hortensia: Documentos para la Historia de Cuba tomo II. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, pp. 301-302

[12] González, Reynaldo: Un antecedente del dibujo animado cubano, en La Gaceta de Cuba, número 3. Mayo-Junio de 2002, p. 41

[13] En opinión de Jorge Ibarra, “una intervención demasiado prolongada, la anexión o el Protectorado, podían provocar la unidad de conservadores y liberales, de blancos y negros, y una situación de insurreccionalismo crónica. Mejor era instaurar la República y dejar los cubanos a su suerte, para que los independentistas siguieran divididos en conservadores y liberales, en negros y blancos. De ese modo se podrían realizar mejor los fines de la política neo colonial en la Isla”. Ver, del autor consignado, Ob. Cit., p. 211

[14] Según Oscar Pino-Santos, “evidentemente (José Miguel) Gómez no era instrumento servil de los intereses norteamericanos como lo fue su antecesor en la presidencia, Estrada Palma, o como resultaron serlo sus sucesores, notablemente Menocal, Machado y los que vinieron después. Los mismos datos hacen pensar que Gómez no disfrutó nunca de las simpatías yanquis. Ver en: El Asalto a Cuba por la Oligarquía financiera yanqui. Casa de Las Américas, La Habana, 1973, p. 40

[15] El grupo no blanco de origen africano o africano-asiático-europeo tenía una composición diversa, “no solo en los rasgos físicos, sino en la proyección moral y en las aspiraciones socio-económica y política. De ahí que los afrocubanos, a inicios del siglo XX, no eran una masa compacta y sí una agrupación heterogénea y no institucionalizada de personas de un mismo color de piel”. Ver, sobre este particular, Figueroa Ledón, Javier: El negro y la integración racial en Cuba durante la primera década republicana, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2010. En Internet: www.eumed.net/rev/cccss/10/

[16] Ver De la Fuente, Alejandro: Una nación para todos. Raza, desigualdad y política en Cuba. 1900-2000. Editorial Colibrí. Madrid. España, 2000. p.111

[17] El gobierno de José Miguel Gómez evitó, en un primer momento, un enfrentamiento armado directo contra los alzados, pues la muerte de muchos de éstos restaría prestigio al Partido Liberal y, por consiguiente, ocasionaría la perdida de votantes negros en un año de elecciones presidenciales.  

[18] Le Riverend, Julio. Ob cit, p. 140

[19] García Álvarez, Alejandro: La consolidación del dominio imperialista, en Historia de Cuba. La neo colonia. Organización y crisis. Desde 1899 hasta 1940. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2002, p. 116

[20] Pino-Santos, Oscar. Ob cit, p. 74

[21] Este alzamiento es conocido como La Chambelona, nombre de una conga popular cantada y bailada por los liberales. Los versos de esa conga ridiculizaban a los conservadores, sobre todo al Presidente y a su familia.

[22] González, Reynaldo. Ob. cit, p. 41

[23] Tales reyertas no llegaron a un “carácter antiyanqui ya que los alzamientos liberales fueron, en determinada medida, una protesta de elementos nacionalistas o seudonacionalistas contra el escamoteo sucesivo del poder a través del fraude electoral por parte de los conservadores”. López Segrera, Francisco: La economía y la política en la República Neo colonial (1902-1933) en, La república neo colonial, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p 156.

[24] El historiador y sociólogo norteamericano Leland H. Jenks describió ese derroche de riquezas en los predios habaneros durante el llamado período de las Vacas Gordas, describiendo con singular precisión: “Se levantaron suburbios con casas que los obreros podían comprar a plazos. En el Vedado y más allá, los nuevos ricos se construyeron palacios de mármol. A lo largo del río Almendares se extendió una ciudad-jardín, el Reparto Miramar, con avenidas bordeadas de árboles y macizos de flores”. Ver en: Nuestra colonia de Cuba. Edición Revolucionaria, La Habana,1966, p. 214

[25] En opinión de los investigadores Carlos del Toro y Gregorio E. Collazo, “el crack financiero de octubre de 1920 y los sucesos posteriores aceleraron vertiginosamente la centralización de la industria azucarera y de la banca. Todo esto en detrimento de determinados sectores de la burguesía doméstica, que hasta ese momento habían controlado un volumen considerable de dichas operaciones. Este acontecimiento contribuyó además a reafirmar el proceso de desnacionalización de la economía cubana a manos de la oligarquía de los Estados Unidos”. Ver al respecto, de los autores citados, el texto “Primeras manifestaciones de la crisis del sistema neocolonial (1920-1921)”, en: Historia de Cuba. La neocolonia. Organización y crisis. Desde 1899 hasta 1940. La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 2002, pp. 194-201

[26] Ver López Civeira, Francisca: Cuba y su historia. Editorial Gente Nueva, La Habana, 1998

[27] Torres-Cuevas, Eduardo: En busca de la cubanidad tomo II. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2006, p. 303

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