Evolución y organización de la economía azucarera cubana durante el siglo XIX
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Evolución y organización de la economía azucarera cubana durante el siglo XIX

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El trascendental aporte de la agroindustria azucarera a la sociedad cubana, como primer renglón de la economía, alrededor del cual se movió todo el acontecer sociopolítico y cultural del país, incidiendo, incluso, en la formación de grandes movimientos sociales, de instituciones y personalidades prominentes de gran influencia en la trayectoria política, jurídica y social de nuestro país. Siendo así, el conocimiento de lo acaecido en el sector azucarero aporta evidencias de la consolidación de auténticos valores nacionales, que logran definir, incluso, la acción de todas las fuerzas sociales del país, de ahí su contribución al proceso de conformación de la nacionalidad cubana.

 

En cuanto a lo anterior, se hace preciso hacer un análisis de la estructura agraria cubana establecida desde el primer siglo de colonización, puesto que durante un largo período, coexisten viejas y nuevas formas de propiedad agraria, creadas, estas últimas, por el proceso de lenta evolución interna ocurrido durante el XVII, lapso en el cual el tabaco se mantuvo como principal producto de la agricultura para la exportación. Desde la segunda mitad del siglo XVIII ocurre la transición de la supremacía agrícola y comercial del tabaco a la del azúcar, que se profundizará hacia 1780 (Riverend, 1974), estableciéndose como primer renglón de la economía insular: “entre 1790 y 1796, las compras estadounidenses de  café cubano saltaron de unas 6000 a 682.000 libras, y el azúcar de 344.000 a 3.416.000 libras” (Ely, 2001).

La preeminencia del azúcar criollo en el mercado mundial fue posible gracias a una serie de acontecimientos ocurridos en el plano internacional, además de las favorables condiciones del terreno y el clima cubanos. Entre ellos, el deterioro a que se enfrentaba el colonialismo español debido al largo período de guerras que contrarrestan su sistema comercial y agudizaron las ya críticas relaciones metrópoli-colonia. El ascenso de los Estados Unidos como nación independiente, hecho que marcaría decisivamente el posterior acontecer socio-económico de la Isla, como consecuencia de la ruptura del marco comercial establecido en el Caribe, a partir del advenimiento y consolidación de nuevas formas de dominación en América, y en el mundo, en general, marcadas por la adquisición de nuevos mercados y fuentes de comercio. Además, la crisis creada por la Revolución independentista en Haití, que determina la cesación de este país como primer proveedor de azúcar al mercado mundial. En estas condiciones se expande la agroindustria azucarera cubana.

La expansión azucarera de Cuba sentó sus bases sobre el desigual desarrollo regional, de ahí que, mientras en el Occidente ocurre el proceso de liquidación de las haciendas comuneras desde mediados del siglo XVIII, propiciado por el desarrollo de la agricultura comercial, en la región centro-oriental este proceso se inicia casi un siglo después, entre 1830-40, lo cual “será causa de su retraso y de las marcadas diferencias económicas con respecto a Occidente, sobre todo en Camagüey y el Centro” (Coll, 2010). A partir de 1790, la acción estatal para el fomento de la propiedad territorial estuvo prácticamente abolida, con la prohibición de las mercedes municipales de tierras. No obstante, hasta bien avanzado el siglo XIX se mantuvo la mercedación de tierras en Sancti Spíritus, Santa Clara, Remedios, Puerto Príncipe, contraviniendo la disposición de 1739, lo cual reconoce el deterioro del sistema colonial a medida que ocurre el proceso de transformación de la estructura agraria insular. En el mismo sentido, este crecimiento desigual de la agroindustria azucarera en las distintas regiones, posibilitó el desarrollo económico de unas y el atraso de otras.

Un aspecto esencial para este análisis, es la existencia de relaciones de producción esclavistas no correspondientes al nivel económico social establecido: el proceso de desarrollo histórico cubano ha alcanzado el modo producción capitalista, pero mantiene

formas de coacción esclavistas, o sea, las necesidades históricas concretas fueron tan poderosas que determinaron el resurgimiento, no sólo en Cuba, sino a nivel mundial, de la esclavitud como relación económico social predominante en las colonias de plantación (Barcia, 1987). Desde la segunda mitad del siglo XVIII, y durante todo el siglo XIX, la fuerza de trabajo era insuficiente a las exigencias de la producción para el mercado cubano. La adopción de las medidas necesarias por parte de la metrópoli, hubiera permitido atraer inmigrantes a la Isla, pero ésta no previó nunca una acción estatal al respecto.

Los hacendados criollos se vieron obligados a utilizar ciertas variantes financieras para la compra de esclavos y equipamiento, que, a la postre, complicarían el desarrollo de la

economía nacional. Los términos impuestos para los préstamos hipotecarios se concretaban en condiciones bastantes onerosas, situando a los comerciantes en una posición dominante frente a los hacendados. Asimismo, un número importante de comerciantes refaccionistas logró el control de gran parte de los ingenios existentes desde finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, llevados por el crecimiento que tuvo la economía cubana durante el periodo.

Ahora bien, desde inicios de la segunda mitad del siglo XIX, el mercado norteamericano logra una incidencia, cada vez mayor, en la economía cubana, a partir de la conversión de Cuba en proveedora de azúcar no refinada, o mascabado, para la industria refinadora estadounidense. Siendo así, la producción de mascabado constituyó un beneficio económico-político para Estados Unidos, a partir de la especialización de Cuba como productora de la materia prima, complementaria de las grandes refinerías neoyorquinas, renunciando a la realización de grandes inversiones en maquinarias y esclavos, exigida por la culminación del proceso de producción de azúcar refino, imponiéndose así el retraso técnico en los ingenios cubanos, situación ésta que perduraría hasta inicios de la década de 1890.

La Guerra de los Diez Años llevó a un empeoramiento de la situación económica cubana, entre otras razones, por la división existente, en 1868, entre las nuevas formas

económicas y las más tradicionales, concentradas unas en el occidente, y otras, en el centro oriente de la Isla. Siendo esta última la que sufriera más directamente los efectos de las operaciones militares. A consecuencia de la guerra, pueblos y caseríos fueron destruidos, quemados los ingenios, arruinadas las haciendas y los campos, especialmente, en Puerto Príncipe y Oriente. Estas zonas sufrieron con mayor intensidad los efectos de la contienda, sobre todo desde 1872: Puerto Príncipe no produjo azúcar a partir de esta fecha, hasta tres años después de culminada la contienda, en la zafra de 1881, que alcanzó sólo el 0,86% de la producción nacional; Oriente, por su parte, mantuvo muy bajos niveles de producción (Moreno, 1978).

Al culminar la guerra, en 1878, la situación agraria del país es crítica. Caracterizada por la destrucción de gran parte de la base agroindustrial azucarera en las regiones centro orientales, especialmente, Puerto Príncipe y Oriente, donde la existencia, hasta el momento, de formas tradicionales de explotación de la tierra habían obstaculizado la inserción de las nuevas formas capitalistas de producción, que, en tales condiciones, había obligado a la reorganización de la propiedad agraria sobre la base de las crecientes necesidades de tierras para la agricultura comercial. Este proceso, iniciado aquí, continuará durante la República, y servirá de plataforma para la formación de los latifundios azucareros, o sea la concentración de gran cantidad de tierras en manos de unos pocos propietarios, teniendo en cuenta que las necesidades de materias primas para la industria azucarera eran cada vez mayores, sólo cubiertas a través de la tenencia de plantaciones propias, o de colonos independientes. Este fenómeno, indiscutiblemente dominante en la agroindustria azucarera cubana, mantuvo a la primera industria del país en circunstancias económicas favorables para competir con los principales productores del mundo.

 

Otra de las consecuencias de la guerra que mayor incidencia tuvo en la transformación económica del país fue la aceleración del proceso de concentración de la propiedad que venía produciéndose, en Cuba, desde la década de 1840: eliminación de ingenios, unión y/o fundación de otros nuevos de mayor nivel de eficiencia y perfeccionamiento, así como la conversión de antiguos ingenios en colonias de los nuevos centrales, en manos de un número cada vez más limitado de propietarios. No obstante, la reducción del total de unidades productoras no redundó en una disminución de la producción nacional azucarera, sino todo lo contrario. Según Julio Le Riverend, entre 1850 y 1860 desaparecieron no menos de 385 ingenios, mientras que el ritmo de producción creció de 294.952 Tm, en 1850, a 428.769, en 1860.

Complemento de lo anterior, es la centralización de la propiedad, o sea, el incremento del volumen de capitales aislados a partir de la fusión de varios capitales, a través de la

integración de sociedades por acciones, en un solo propietario, que, a la postre, posibilitó la creación de grupos de poder económico y político. En esto jugaron un papel fundamental las condiciones creadas por la utilización de los métodos tales como: el embargo de los bienes a infidentes, establecido en los años de la guerra, la supresión del “privilegio de ingenios”, de 1595, y la imposición de la Ley Hipotecaria, de 1880. También, y como parte de este proceso, entre los años 1840 y 1880 se produjo la separación del sector fabril de la producción azucarera, con una elevada eficiencia técnica y un número considerable de trabajadores asalariados, del sector agrícola, más atrasado, donde se concentraba la utilización de la fuerza de trabajo esclava.

Entre 1883-1884 ocurre una severa crisis, producto de la depresión iniciada en 1876,que tuvo mayor incidencia en la disminución de las exportaciones, principal fuente de ingresos hasta el momento, que, junto a una ostensible reducción de los precios del azúcar imposibilitaron aún más la urgente reestructuración que precisaba la industria azucarera cubana. En estas condiciones se elevó la necesidad de las inversiones extranjeras en el perfeccionamiento industrial sobre nuevas bases técnicas y agrícolas obligando a los inversionistas cubanos o españoles a dedicarse a las ramas de la economía que menos, o ninguna, inversión precisaba. O sea, en 1890 Cuba carecía totalmente de instituciones dedicadas al financiamiento de la agricultura. De hecho, la Caja de Ahorros, cuyo surgimiento se debió, en gran medida, a los industriales azucareros, para operar esencialmente en ese sector económico, desapareció tras la crisis de 1883-84. En consecuencia, apenas unas pocas entidades bancarias sobrevivieron, en este caso, el Banco de Comercio y el Banco Español, acentuaron aún más las ya existentes limitaciones a sus concesiones crediticias.

El sistema monetario español establecido en la Isla el 19 de octubre de 1868, por Real Decreto, sufrió diversas alteraciones en su evolución, muestra irrefutable del desorden económico que la metrópoli hispana imponía a sus colonias: “continuó durante la última Guerra de Independencia y se complicó aún más a raíz de la intervención americana, cuando el dólar comenzó a circular libre y predominantemente en el país” (Riverend, 1974). La crisis general existente, producto de la ineficiente organización económica y las casi nulas perspectivas financieras resquebrajaron al límite las posibilidades de desarrollo de la propiedad agraria e industrial.

Para abundar aún más en la situación financiera insular, es necesario tener en cuenta la importancia que va tomando la intervención del capital extranjero, indirectamente, a través del crédito comercial, y directamente, en la minería del cobre, las cuales se venían sintiendo desde mediados de siglo, y que, entre 1878-1902, se convertirían, no en el “principal, si no único, instrumento financiero del país” (Riverend, 1974). Es el caso, por ejemplo, de la firma norteamericana Edwin Atkins and Company de Boston, que llegó a Cuba en 1866, adquiriendo el central Soledad, en Cienfuegos, Las Villas, a través de un crédito hipotecario, de la misma manera, pero esta vez junto a Henry O. Havemeyer del trust refinador norteamericano del azúcar, erigió el Trinidad Sugar Co., en 1890, y, en 1915, junto a otros capitales bostonianos, participó en la creación del Punta Alegre Sugar Company, del que fue presidente, y el American Sugar Refining Co (Jiménez, 2008).

A partir de ese momento las inversiones extranjeras, en especial, las norteamericanas, van a cumplir un papel fundamental, no sólo en el desarrollo de la industria azucarera cubana, sino en el ámbito económico del país en general. Los inversores norteamericanos impusieron normas cada vez más onerosas a los hacendados cubanos, con el fin de aprovechar al máximo las operaciones financieras vinculadas a la producción azucarera cubana. De esa manera, las propiedades cubanas y españolas, fueron pasando a manos de los grupos financieros, especialmente norteamericanos, poseedores de una organización económica más eficiente y mayores recursos a su disposición. “Hacia 1899 se estimaba que las inversiones norteamericanas en Cuba ascendían a 50 millones de dólares” (Riverend, 1974). De hecho, la razón por la que Cuba no experimentó un proceso de diversificación agrícola, similar al ocurrido en otros países, durante la década de 1930, manteniendo el modelo económico agroexportador azucarero, fue producto de la fuerte vinculación con el mercado norteamericano adquirida desde mediados del siglo XIX.

Otra cuestión esencial para este análisis es la situación socioeconómica en que había quedado el país después de la Guerra de independencia. La estrategia de lucha llevada a cabo por los revolucionarios destruyó parcialmente la base de sustentación económica de la Isla, especialmente la azucarera, evidenciado en un testimonio del corresponsal del Louisiana Planter: “El valor total de las propiedades pérdidas como consecuencia de la guerra se estima en 500 millones de dólares, en números redondos, y la Isla necesitará serprovista de capital extranjero que venga en cantidad mayor que antes y en seis o siete años para recuperar su anterior prosperidad” (The Louisiana Planter, 1899). Se estimaba que el total de la deuda de Cuba ascendía a 468.582.025$. El endeudamiento de los propietarios era tal que el Círculo de Hacendados solicitó la revisión de los créditos vencidos debido al nivel de destrucción de las colonias y fincas. El 24 de abril de 1899, se decretó la prórroga de dos años para el cobro de las deudas contraídas después del 31 de diciembre de 1898.

Acumulación de deudas, altos intereses crediticios, moratoria hipotecaria con vencimiento en 1900, prorrogada luego hasta 1903-1905, adquisiciones en espera de las propiedades por los capitalistas norteamericanos, crecimiento de las inversiones extranjeras, inexistencia de instituciones de crédito agrícola, prohibición de los subsidios a las exportaciones azucareras, por la Convención de Bruselas y firma del Tratado de Reciprocidad Comercial entre Estados Unidos y la naciente República de Cuba, fueron los aspectos que caracterizaron el periodo de restauración que se iniciaba para la industria azucarera, y la economía cubana, en general (Zanetti, 2009).

Bibliografía

1. Riverend Le J.: Historia económica de Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1974.

2. Ely R.T.: Cuando reinaba su majestad el azúcar, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001.

3. Coll C.: Política oficial del Cabildo de Santa Clara: contribución a la identidad jurisdiccional en el desarrollo de la nacionalidad cubana durante el siglo XVIII, Tesis presentada en opción a Master en Historia de la Formación Nacional y el Pensamiento Cubano, 2010.

4. Barcia M. C.: Burguesía esclavista y abolición, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987.

5. Ibarra J.: Patria, etnia y nación, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009.

6. Moreno M.: El ingenio, t. III, La Habana, Ciencias Sociales, 1978.

7. Jiménez G.: Los Propietarios de Cuba 1958, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008.

8. The Louisiana Planter and Sugar Manufacturer, New Orleans, vol. XXII, no. 25, 1899.

9. Zanetti O.: Economía azucarera cubana. Estudios históricos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009.

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